Ser mujer durante la pandemia

Ser mujer durante la pandemia

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Alguien dijo por ahí que, al ser la pandemia una experiencia global, “todas las personas estamos en el mismo barco”, no obstante, abundaron las sensatas respuestas en las líneas de “No, no es así. Todos estamos en el mismo océano embravecido, pero algunas personas están en yate, otras en lancha y otras a nado”.

El desafío de ser sensible a la vastísima interseccionalidad que nos atraviesa en este panorama sombrío y en una América Latina tan diversa y heterogénea, me supera. Mencionaré cómo la pandemia nos impacta a las mujeres. Me referiré a algunos elementos, con la esperanza de que, como comunidad, podamos continuar esta conversación, para apoyarnos mutuamente en la comprensión del daño que nos impacta.

Primero mi confesión

Comenzaré con mi experiencia personal: en marzo del año 2020 comencé a trabajar completamente desde mi casa. Mis dos hijos fueron enviados a casa también para continuar su educación desde allí. Al inicio pensamos que sería por unas tres semanas. Los primeros tres meses, tuvimos que suspender sus visitas a la casa de mi ex esposo, ya que él vive con su madre que tiene factores de riesgo. La virtualización de las tareas requirió de un aumento de responsabilidades, ya que las jefaturas no sabían cómo moderar la rendición de cuentas en teletrabajo y se dio un incremento exponencial de informes, reportes y reuniones. Las tareas domésticas aumentaron también. Antes de la cuarentena, mis hijos y yo desayunábamos y cenábamos juntos, ahora debíamos sumar los almuerzos y las meriendas.

Mis hijos experimentaron ansiedad, enojo, aburrimiento y tristeza en la medida en la que los días seguían pasando. Necesitaban de una persona adulta sensible, consciente y capaz de contener sus temores. En su lugar, tenían a una mamá que también sentía ansiedad, enojo y agotamiento y que, además, pasaba (y pasa) muchas horas conectada a su computadora. La convivencia se volvió difícil ante los niveles tan altos de estrés y la sensación de encierro. Sabemos bien que no fuimos los únicos. Este mismo escenario, con otras variantes muy similares, azotó a muchísimas familias con niños y niñas en edad escolar o preescolar. Y no podemos olvidar: este es el escenario afortunado, ya que hay empleo, educación y recursos de subsistencia. Aún así, hombres y mujeres entramos en crisis. Solo que, en el caso de la gran mayoría de las mujeres, la demanda fue particular.

Un problema sin nombre

Desde los años cincuenta del siglo pasado, Betty Friedan se ha referido al “problema que no tiene nombre”, al describir el agotamiento y desgaste que las mujeres experimentamos por las tareas que se socializan como femeninas: el trabajo doméstico, el cuido de personas menores de edad y personas adultas mayores, todo lo relacionado con la preparación de los alimentos, el acompañamiento familiar a las demandas escolares de los niños, niñas y adolescentes (Rosales, 2020). De acuerdo con Sharo Rosales, en su artículo Covid19 y la situación de las mujeres durante la pandemia, tan solo en Costa Rica el trabajo no remunerado que realizan las mujeres por la atención doméstica y cuido de personas menores de edad o adultas mayores de sus familias, equivaldría fácilmente al 25% del Producto Interno Bruno (PIB). Sin embargo, en las estimaciones del PIB, esta labor ni siquiera es tomada en cuenta: se da por sentada. Es verdad que en ocasiones estas tareas son realizadas por hombres, pero estadísticamente, la distribución es desigual. Una encuesta del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC) señaló que, aún antes de la pandemia, las mujeres dedicaban aproximadamente 35,49 horas por semana al trabajo doméstico, mientras que los hombres dedican 13,42 horas a esas labores.

Y así nos hemos visto abrumadas con las tareas que “de por sí hay que hacer” y que se dan por sentadas. Además, para agravar las cosas, si tuvimos la opción del trabajo virtual, debimos abrir una ventana cibernética y directa a nuestro ámbito más privado: nuestro entorno familiar, nuestra casa. Adicionalmente, como reveló esta investigación, los espacios de la casa disponibles para nuestro trabajo, a menudo no eran los más apropiados, especialmente si había otro adulto en casa que también tuviera que hacer trabajo remoto. Nos hemos disculpado porque nuestros hijos e hijas “interrumpan” nuestras reuniones de trabajo, experimentamos ansiedad si recibimos una llamada de nuestra jefatura cuando estábamos ayudando a nuestros hijos con sus tareas o reuniones virtuales de la escuela (que son en el mismo horario que la jornada laboral) o sacando labores como preparar alimentos o atender a un familiar que necesitaba ayuda. Recrudecieron también las tareas de limpieza para mantener los protocolos sanitarios: la limpieza de las compras, las rutinas familiares al entrar o salir de la casa necesarias para prevenir el contagio.

Nos quedamos hasta la madrugada “compensando” por “lo que no pudimos trabajar en el día”. Y temimos profundamente perder el empleo, que se nos viera como distraídas o poco competentes. Fuimos cada vez más conscientes de que la mayoría de culturas organizacionales están orientada a personas “que no cuidan de nadie” (¿y así se supone que vamos a subsistir como humanidad?).

Es verdad que hay familias en las que esta sobrecarga se repartió a partes iguales en todas las personas adultas de las casas,  hombres y mujeres (esta nota canadiense comenta un estudio que reporta cómo hombres y mujeres perciben esa distribución). Aún así, considero posible afirmar que estas tareas de limpieza, alimentación y cuido, permanecen profundamente feminizadas en suficientes hogares como para que sea un grave problema social.

Mujeres, pandemia y desempleo

Claro, todo lo anterior es en el caso de que mantuviéramos el trabajo. El desempleo, al menos en Costa Rica, llegó a un 23.2% en octubre del 2020, pero este número se convierte en una tasa de desempleo que llega al 64% en las mujeres que tienen al menos un hijo. Los trabajos informales y de tiempo parcial, la mayoría de los cuales son ocupados por mujeres -también para poder resolver sus otras responsabilidades domésticas y de cuido- fueron terriblemente golpeados por la pandemia. La nota de Canadá -también mencionada arriba- arroja luz sobre el preocupante éxodo de las mujeres de la fuerza laboral, en números alarmantes. Como bien se menciona en el texto, este escenario representa un retroceso gravísimo en la representación femenina en las culturas organizacionales y de toma de decisiones, la cual ha tomado décadas alcanzar.

Con una situación de desempleo así, aumentan los trabajos informales para los cuales las mujeres experimentan mayor exposición al contagio y vulnerabilidad en general. Esto se cruza también con otras problemáticas que compartimos, como la discriminación étnica, racial y de clase. Hay trabajos que experimentan una vulnerabilidad especial ante la pandemia, el sector de la alimentación y agricultura, el sector transporte y logística y las personas que trabajan en instalaciones y mantenimiento.

Violencia de género y las puertas cerradas

La violencia de género encontró en la pandemia un refugio de puertas cerradas. En situaciones de desempleo y pobreza, la dependencia patrimonial se exacerba. El embarazo infantil y adolescente, tan solo en El Salvador, aumentó en un 75% en el 2020.

En términos de salud mental, la tendencia sobre el suicidio que, a nivel global presenta datos en los que los índices de suicidio consumado son mayores en hombres que en mujeres, se está revirtiendo en países como Japón, como lo describe esta nota.

¿Cómo enfrentar, desde la cuarentena, el terrorismo de género contra las mujeres? ¿La violencia en sus diferentes formas hacia las personas con discapacidad y adultos mayores? ¿Y qué ocurre con respecto al castigo físico, los gritos y la negligencia para con niños y niñas en estos contextos de encierro? En situaciones de estrés agudo y carencia de apoyos, estos flagelos preexistentes cobran una fuerza brutal.

Cultura de paz y abordajes comunitarios durante la pandemia

En medio de este panorama, ¿qué podrían aportarnos las herramientas para la cultura de paz? Les comparto otra confesión: el año pasado me pidieron varias entrevistas para conversar sobre comunicación noviolenta, prácticas restaurativas y resolución pacífica de conflictos en contextos de pandemia. Se me preguntó varias veces cómo aplicar estas herramientas en el entorno familiar que experimenta estrés y tensión, dirigidas a los hijos o a la pareja.

Si bien estas herramientas pueden ayudarnos a enfrentar conflictos específicos, hay preguntas más amplias y profundas que tenemos que hacernos. ¿Queremos usar estas herramientas para que las mujeres seamos más efectivas para controlar a nuestros hijos, o para apaciguar a las personas con las que convivimos? ¿Será que tal vez necesitamos un despertar comunitario que nos impulse a reconocer ese “problema que no se ve”?

Tal vez las prácticas restaurativas deberían ayudarnos a generar espacios para que las mujeres construyamos redes de apoyo con otras mujeres, o fortalezcamos las ya existentes, aún si esto tiene que ser a distancia. ¿Y cómo se hace esto a distancia? Quizás un enfoque restaurativo nos motive a buscar respuestas comunitarias a una realidad que nos explota, una realidad que si seguimos dejando desatendida, nos va a representar un costo insalvable en nuestro tejido social.

Para subsistir, necesitamos cooperar desde la consciencia de que somos parte de una comunidad: nos necesitamos mutuamente, los problemas de un grupo nos impactan a todos y somos profundamente interdependientes. La solución no está en lo meramente individual, ni le corresponde a una única disciplina o agrupación. Algo de eso pudimos conversar el año pasado en este webinar (con la aparición estelar de uno de mis hijos, digamos que no en su mejor momento) y en esta nota.

Las mujeres necesitamos dar y recibir afecto entre nosotras, reconocernos en nuestra dignidad incuestionable y validarnos en esos problemas invisibles. Podemos reconocernos las unas a las otras con compasión, apoyo y empoderamiento. Lo hemos hecho incontables veces a lo largo de la historia. Una red comunitaria entre nosotras nos ayudará a enfrentar mejor los grandes desafíos que tenemos por delante y a involucrar a los hombres, niños, niñas y adolescentes que amamos, para que, entre todas y todos, podamos construir una realidad que nos ofrezca esperanza.