Parábola

Había una vez un parque lleno de niños y entre ellos, una niña que tenía la piel muy quemada por el sol. Se le descarapelaba y dejaba pellejitos por el suelo. Estaba flaca. El chiquito más gordo y rico del barrio le robaba la merienda y cualquier juguetillo desde hacía tiempales. Ella era malhablada y los otros niños sabían que a veces llegaba de su casa con moretes. Le tenían pena, pero el chiquito gordo no les dejaba hablarle. Aunque su familia era pobre y sus meriendas muy humildes, los niños sabían que en el patio de su casa había un fecundo palo de mandarinas. Una mañana, el chiquito gordo decidió tirar a la niña a una zanja honda y meterse a su casa, colándose por la cerca de atrás, para agarrar todas las mandarinas que pudiera. Le dijo a los otros niños que ninguno la podría sacar y que, allí en la zanja, los grandes no le pegarían más. Concluyó orgulloso, que en realidad, él estaba protegiéndola. Mientras tanto, la niña tenía sed, ahí metida en la zanja, donde le daba directamente el potente sol: «si paso aquí la noche, no me pegarán. ¿Pero qué voy a comer?». Mientras tanto, allá fue el gordo, a meterse en su patio. Sacó su celular de última generación y le escribió a sus papis. No era tonto y sabía que los adultos en la vivienda de la chiquita eran gente peligrosa. Pero él, muy satisfecho, confiaba en que sus papás ricos, que también son bien peligrosotes, vendrían por él muy pronto. ¿Qué podría salir mal? En eso pensaba, mientras se llenaba la panza de mandarinas. Los otros niños se encogieron de hombros… comentaron sobre los moretes de la chica y concluyeron que, al menos, alguien hizo algo por ella. Regresaron a jugar bola y cuando a uno de ellos se le fue la pelota y fue a recogerla, se asomó a las orillas del parque, donde pudo vislumbrar un filón de zanjas, todas cavadas y preparadas: eso parecía un cementerio listo para estrenarse.